Reflexión para hoy:

     

lunes, 10 de octubre de 2011

Cagar en inodoros y Economía de Mercado






Recuerdo, durante  mi niñez, como en casa se cagaba en un orinal que vaciábamos en el gallinero. También solíamos ir con cubos a una fuente, varias veces al día, porque no disponíamos de agua corriente ni de pozo.

En aquellos años algunas familias ya empezaban a disfrutar de agua que fluía alegre de un grifo de latón instalado en la cocina. Para defecar o en el momento de la micción, en esos hogares afortunados se utilizaba un asiento blanco denominado inodoro o váter que, tirando de una cadena se llenaba de agua, arrastrando los excrementos u orines a una rudimentaria fosa séptica.

Una cosa tan simple hoy en día, nos parecía maravillosa entonces y suponía una excepción puesto que sólo pocas familias tenían renta suficiente para sufragar algo que en aquella época era un privilegio por su escasez y elevado precio. Eran tiempos amargos, de necesidad y de apuro, en los que sólo los más pudientes se beneficiaban de la escasa producción de bienes y servicios que existía.

Pasado el tiempo, gracias a un entorno de Libertad y economía de mercado, empezaron a surgir negocios que demandaban  mayor variedad de puestos de trabajo, cada vez más especializados y mejor remunerados. La gente, que antes sólo dependía de los escasos ingresos que les reportaba las faenas agrícolas, podía ahora elegir entre diferentes ofertas de empleo y consumir todo tipo de bienes, incluso ahorrar parte de sus salarios incrementándose así la inversión. Consecuentemente, siguió creciendo el número de empresas de todo tipo, tales como las que desarrollan infraestructuras urbanas de alcantarillado o las que fabrican material de fontanería.

Asimismo, el aumento de empresas más productivas y especializadas dio lugar a que los ciudadanos gozaran de una mayor oferta de servicios y bienes, puesto que la libre competencia obligaba a los empresarios a ofrecer productos más novedosos, de mayor calidad y a menor precio, así como a retribuir mejor a los trabajadores más productivos y especializados, es decir, a esos trabajadores que habían sacrificado su tiempo libre en formarse en lugar de jugar diariamente al mus en el bar de la esquina.

Gracias a que la economía de mercado se ha aplicado en ciertas partes del planeta, la población de esos lugares disfruta ahora de alcantarillado, agua potable, ducha, inodoro y bidé en su propia casa. ¿Qué hubiera ocurrido si, en aquellos tiempos de mi infancia, un sistema socialista, planificador, totalitario, intervencionista y expropiador, hubiera ahuyentado a los emprendedores e inversores?

En ese caso, ahora sería esclavo de la cartilla de racionamiento o, simplemente, pasaría hambre. No podría escribir todo esto en mi bitácora porque estaría censurada y ni siquiera tendría internet en casa. Me encontraría en situación de desempleo porque no habría puestos de trabajo que cubrir y aún tendría que ir a la fuente a por agua con cubos remendados porque no existirían empresarios que se dedicaran a fabricar cubos,  material de fontanería o a construir infraestructuras hidráulicas o de alcantarillado.

Recordad que todavía existe gente del tercer mundo que aún no han tenido la posibilidad de cagar en un inodoro ni de abrir un grifo en su propia vivienda puesto que no tienen viviendas dignas sino chozas y favelas. Y lo peor es que seguirán viviendo en esas rudimentarias chozas y favelas rodeados de miseria porque en el primer mundo existen unos tipejos liberticidas parecidos al de la foto. Idiotas que disfrutan del capitalismo, maldiciéndolo. Tipejos que  se obstinan en poner zancadillas para que la economía de mercado globalizada no llegue a los países del tercer mundo. Esos tipejos liberticidas, que dicen perversamente representar al obrero, al débil o al pobre; están cegados de consignas marxistoides que vomitan odio hacia el capitalismo democrático y la globalización. Consignas cuyas consecuencias negativas repercuten, con mayor virulencia, en esos obreros, esos débiles o esos pobres que son los que padecen, en definitiva, desempleo, marginación y necesidad.

No obstante, los países del primer mundo también pueden retroceder  y ponerse, con el tiempo,  a la altura de los países del tercer mundo si se obstinan en aplicar leyes intervencionistas, en lo económico y, liberticidas, en lo político. Nada les salvará. También los países del primer mundo pueden  caer en el abismo del desempleo,  la miseria, la desesperanza y el subdesarrollo. Un ejemplo es Argentina. Recordemos lo que fue y en lo que se está convirtiendo. ¿Será España la Argentina europea?

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