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domingo, 17 de abril de 2011

La utopía de un mundo sin armas


Los políticos liberticidas, así como los zopencos que siguen sus consignas, nunca terminan de explicar cómo hacer eficaz su utopía de un mundo sin armas de fuego. Mientras tanto, ciudadanos inocentes mueren o son robados, violados y vejados; incluso en sus propias casas, sin ni siquiera haber tenido la posibilidad de defenderse.


La iniciativa ahora está en las manos de los criminales. Ellos deciden cuándo y dónde. Ellos delinquen en función de las posibilidades, de los beneficios y costes de la ejecución del acto delictivo, sin preocuparles las víctimas puesto que saben que están indefensas. No es el caso de países en los que los ciudadanos están armados. En este caso, los delincuentes también tienen que tener en cuenta el coste de enfrentarse directamente con los agredidos.

No hay que ser muy inteligente para saber que los criminales temen encontrarse a una víctima con un arma y que tal posibilidad la estudian a la hora de efectuar sus actos delictivos. Si a los delincuentes que allanan moradas no les importa coincidir con los propietarios es porque saben que están inermes. El agresor sabe que, en países donde se prohíbe la tenencia de armas de fuego, él es el que impone su ley y él será dueño de la situación. Lo malo no es que delinquir resulte barato en los países donde la Ley protege más al delincuente que a las víctimas, lo terrible es que en el momento de producirse el crimen éstas siempre están indefensas.

La primera obligación del Estado debería ser proteger la vida y hacienda de los ciudadanos que lo sostienen con sus impuestos. Pero la realidad nos dice que el Estado es ineficaz e incapaz de responder.

Día a día aumenta el número de ciudadanos que buscan dispositivos de seguridad para sus hogares (rejas, vallas, alarmas, cámaras de vigilancia, perros adiestrados, detectores de presencia, etc.) porque no se fían de que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado vayan a evitar que les asesinen, les roben o les violen; es más, incluso no se fían de que la Justicia deje entre rejas a los convictos.

Es obvio que cuando un bandarra asalta una vivienda mientras el propietario duerme sosegadamente, el Estado no le indemniza por incumplimiento del “contrato social” si la policía llega tarde para evitar el delito. En cambio, sí tiene la desfachatez de prohibirle la autodefensa en ese momento de máxima angustia y terror. Una situación extrema en la que la policía no puede hacer nada para protegerle, pues los agentes no están en las casas de todos las 24 horas del día.

Está claro que la víctima no ha deseado experimentar esa situación límite y desagradable de encontrarse con el delincuente, siendo éste último el que debería estar expuesto al riesgo y a pasarlo mal, no la víctima y en su propia casa.

La tenencia de un arma no viola “per se” la libertad de otro. Las armas son herramientas útiles para defenderse. Prohibir la tenencia de armas de fuego implica condenar a los ciudadanos a una autodefensa más precaria y temeraria, siempre a favor del delincuente.

Quien deja indefensos a los ciudadanos son los Estados intervencionistas. Éstos, en manos de políticos mediocres, son los que prohíben el derecho a la legítima defensa no dejando posibilidad de poseer herramientas para garantizarlo. Cuando un criminal decide allanar la casa de un ciudadano al que se le ha despojado el derecho de defenderse, a éste último sólo le queda rezar y suplicar que todo pase pronto, ya que no puede hacer nada contra el agresor que invade su intimidad.

¿Qué debería hacer el ciudadano? Pues defenderse en la medida de sus posibilidades y hasta el punto en que resulte sensato, de acuerdo con las circunstancias y sin que nadie le tenga que limitar las posibilidades a su alcance. Os vuelvo a recordar que de la cárcel se sale andando, del cementerio no.







La solución no debe ser que los ciudadanos adquieran sistemas de seguridad pasiva, que están en todo su derecho de hacerlo si es su deseo y se sienten mal con un arma en la mano. La solución es devolver, a quién lo quiera, el derecho de defenderse frente a una agresión en tu propia casa.

Supongamos que un malhechor “con muy mala leche” entra en tu vivienda. ¿Qué prefieres tener a mano, una pistola o un teléfono? Debes saber que, salvo que te hayan cortado la línea (algo muy sencillo de hacer con sólo levantar una tapa que hay en el suelo de la vía pública enfrente de la puerta de tu casa) o hayan utilizado un inhibidor de frecuencias (que son muy fáciles de adquirir en tiendas de electrónica); la policía tardará un tiempo en llegar a tu hogar ya que primero tiene que tener conocimiento del delito, a continuación debe movilizar a los agentes y, por último, desplazarse al lugar señalado lo que supone un tiempo vital para el ciudadano que corre peligro. Claro, que es tu derecho tener un teléfono y llamar a la policía, por supuesto; y la policía llegará a tu casa..... pero seguramente será para levantar un atestado y tomar fotografías de tu cadáver. No nos engañemos. No confíes que siempre llegarán a tiempo de evitar el acto delictivo, si es que llegan.

La primera línea de defensa eres tú y tu arma de fuego, que equilibrará el terreno en ese desagradable e indeseable juego entre la víctima y el victimario.

Ni tú ni nadie tenéis derecho a prohibirme que yo no tenga esa defensa al igual que yo no tengo derecho a prohibirte que tú tengas un teléfono con el que defenderte siempre que los delincuentes, como he mencionado antes, no te hayan cortado la línea o utilicen un inhibidor de frecuencias para dejar inservibles tus teléfonos móviles.

Así vemos que la tenencia de armas de fuego supone ventajas: aumenta la posibilidad de permanecer vivo, se reduce el tiempo mínimo de respuesta para evitar el acto delictivo y disuade a los delincuentes, puesto que ya nadie les garantiza que los propietarios de la casa que van a allanar se encuentran desarmados; existiendo ahora la posibilidad de perder la vida al recibir un balazo entre los ojos. Algo que desagrada bastante a esos tipos violentos que les gusta apropiarse de lo ajeno, haciéndoles reflexionar un poquito más en cuanto a la necesidad de delinquir o no.

Todo delincuente carece de ventaja si el joyero al que va a robar oculta un AK-47 bajo el mostrador, la chica que va a ser violada porta una pistola 9 mm parabellum en el bolso o la familia Rodríguez, cuyo sueño es interrumpido por unos extraños que han invadido su casa, tiene una escopeta junto a la mesilla de noche. Acciones defensivas de este tipo se producen a diario en esos odiados Estados Unidos de América aunque, con relación a los actos delictivos que han evitado, jamás se les dedique mención alguna en esos telediarios diseñados para zopencos.

Pero los políticos liberticidas no quieren saber esto ni parecen reparar en la imbecilidad de su argumento. Quieren que todo el mundo esté desarmado salvo ellos y sus escoltas. Porque ellos sí que se desplazan acompañados de hombres armados que les protegen ¡Cómo no! Mientras que el ciudadano de a pié jamás, ni en su casa, ni en su desplazamiento, ni en su trabajo podrá tener los medios de seguridad que ellos gozan, pagados por nosotros a la fuerza a través de los impuestos.

¿Porque yo no tengo esa posibilidad?

Pandilla de parásitos liberticidas: ¿Mi vida y la de mis dos hijas no valen lo mismo que las vuestras?

La alternativa no es entre una sociedad en la que todos, tanto los delincuentes como la gente honrada, están armados; y una sociedad en la que todos están desarmados. Ésta es una falsa dualidad porque cuando es ilegal la tenencia de armas de fuego sólo los delincuentes las portan consigo, pues el criminal que no cumple la ley tampoco va a hacerlo en esto de disponer o no de una pistola; mientras que el ciudadano común, que sí la respeta, va a quedar indefenso. Cuando disponer de armas es legal entonces las llevan tanto los delincuentes, a pesar de las trabas legales y controles para evitarlo, como los ciudadanos honrados que quieren defenderse de ellos.

No pretendo que se fuerce a armar hasta los dientes a todo el mundo, no abogo por eso sino por la Libertad de elegir y el derecho que todo ciudadano tiene a defenderse siendo responsable de sus actos. Estudiar la historia de la humanidad nos enseña a diferenciar los hombres armados de los esclavos. Si alguien no desea defenderse por miedo, por cuestiones religiosas, por necedad, por torpeza o por simple estupidez que así lo haga; pero nadie tiene el derecho a privar a otros de su legítima defensa.

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lunes, 14 de febrero de 2011

Son las 2 A.M. y hay unos tipos en la cocina abriendo cajones



Está claro que cuando las armas están fuera de la ley, sólo los fuera de la ley tienen armas. Entonces, si los delincuentes necesitan armas para delinquir y la gente honesta que cumple las leyes las utiliza sólo para defenderse, ¿no será lógico que el control de armas cause más crímenes y la libertad de poseer éstas los reduzca?

¿Cuántas veces hemos visto como el telediario abría con imágenes de delincuentes detenidos y de mesas repletas de armas de todo tipo junto a joyas y dinero robado? Los malhechores tienen y siempre tendrán acceso al mercado negro de venta de armas, por lo que incluso con la prohibición de la tenencia de armas ya las poseen.

A los únicos que disuaden esas leyes que dificultan o imposibilitan la tenencia de armas son a los ciudadanos honestos que respetan la ley. Por eso esas leyes intervencionistas y despóticas no amparan a la ciudadanía, sino que la hace más vulnerable ante los delincuentes, al robarle el Estado el legítimo derecho a la defensa.

La situación real en los países donde predomina la estupidez de la prohibición de la tenencia de armas de fuego es la siguiente:

Si un inocente ciudadano, en su propia casa, decide disparar a un tipo violento que ha entrado subrepticiamente y con malas intenciones de apropiarse de lo que no es suyo, el resultado para el inocente ciudadano será la cárcel preventiva y, con total seguridad, tenga que defenderse de la demanda que le interponga el delincuente al que ha herido o la familia de éste, en caso de que le haya matado.

En lugar de disparar, lo que tendría que haber hecho es conversar con el criminal y, a pesar de haber sido despertado intempestivamente en pleno sueño, preguntarle cómo ha entrado sin llave y, por supuesto, convencerlo pacíficamente para que desista de sus intenciones si éstas no son otras que las de entablar una hermosa amistad a esas horas de la noche.

Lo peor de todo es que si decides defenderte con cualquier arma, sea un botijo o un revólver, a pesar de ese momento de aturdimiento que todos sentimos cuando nos despiertan bruscamente en el primer sueño; deberás, según la jurisprudencia, tener en cuenta el concepto de proporcionalidad antes de decidir autoprotegerte. Metámonos en la situación.

¡¡Alguien ha abierto la puerta!!

Me incorporo sobresaltado, despierto a mi mujer y le señalo en silencio y acojonado el pasillo. Ella comprende la situación y me pone en mi mano unas tijeras de costura por si acaso.

Son las 02:00 A.M., y debo preguntarme ¿Mi defensa va a ser proporcional? ¿Va a tener mi legítima defensa putativa los requisitos de la eximente? ¿O quizás voy a cometer un exceso putativo de legítima defensa? Porque si no es una legítima defensa putativa y existe error sobre los presupuestos típicos de una justificante que excluye el dolo, siendo el error vencible desde el punto de vista de la teoría estricta de la culpabilidad, habrá imprudencia en lugar de una acción impune.

Mientras, se oyen pasos en el vestíbulo y tu acojone aumenta.

¡Me horrorizan las tijeras! ¡Cariño, yo no sé luchar con tijeras! ¿Y si utilizo el jarrón que nos regaló tu madre? ¿Será ajustado a derecho la idoneidad de mi defensa? ¿Este horrible jarrón será el medio más benigno posible que me permita obtener una defensa eficaz para mí o los bienes jurídicos que supongo, a estas horas de la noche, me intentan sustraer? ¿Realmente voy a actuar amparado por una justificante, es decir, mi obrar al inicio va a ser legítimo sin exceder en el curso de mi accionar esa misma legitimidad con la que voy a comenzar a obrar estampando el jarrón en la cabeza del primer tipo que se asome al dormitorio?

Todo esto, como he dicho, medio dormido y muy acojonado.

¡Vamos, vamos! Tengo que elegir entre varias clases de defensas posibles: el jarrón, la televisión, las tijeras de costura o la katana que compré en Toledo. Debo decidirme por aquella que cause el mínimo daño a esos tipos que están ahora en la cocina y no dejan de abrir cajones. ¡Como sigan así, van a despertar al vecindario!

Sigamos reflexionando. Ante todo no debo aceptar la posibilidad de daños a mi propiedad o lesiones en mi propio cuerpo sino que se supone que estoy legitimado para emplear como medios defensivos los medios objetivamente eficaces que me permitan esperar, con seguridad, la eliminación del peligro ¿O tal vez no? ¡La televisión es demasiado pesada, y no lo digo por la programación, sino porque podría lesionar seriamente a los bandarras si se la lanzara a la cabeza!

¡Vaya cacao mental tengo y son las 02:03 A.M.! Mañana es lunes, tengo que levantarme temprano para ir a trabajar ¿No tienen que madrugar como yo esos tipos que han invadido mi casa?

Bueno, eso es lo de menos, ahora tengo que pensar en algo con que defenderme y que sea proporcional al potencial daño que me vayan a causar. ¡Aquí quería ver yo al juez que me juzgue por homicidio!

Son las 02:04 A.M y mi esposa no suelta las tijeras.

¡No nos dejemos llevar por el miedo y pensemos fríamente! Lo que tengo que hacer es aplicar la moderna doctrina jurídica según la cual el principio de que el derecho debe prevalecer ante todo hace que ceda la proporcionalidad. Esto es así en función de la absoluta preeminencia del derecho frente al injusto.

¿El injusto soy yo o esos tipos con pasamontañas que ahora se dirigen hacia mi dormitorio con algo en la mano que la oscuridad me impide ver?

Porque yo me pregunto, ¿me podría asegurar un juez que los quinquis estos no me van a linchar a palos, violar a mi hija quinceañera, que afortunadamente aún sigue durmiendo plácidamente, o nos van a matar a todos?

¡Quizás en esta situación las personas normales (¿jueces incluidos?) somos presas del pánico y no podemos saber cuál es la respuesta proporcionada. ¿Qué hago………? ¿Y si son más de dos, todos, armados? ¿Y si son exmilitares procedentes de Europa del este?, ¿Cuál sería el medio proporcional a la más que posible agresión que yo y mi familia vamos a recibir? ¿Me encuentro en la situación más idónea como para medir la proporcionalidad en la defensa o tengo que hacer lo que sea para evitar que esos tipos bestias me apaleen hasta quitarme la vida?

¡Bestias, sí! porque ahora los tengo enfrente, son tres y me sacan la cabeza.

Entonces, ¿antes de cortarles el cuello con mi katana tendré que medir cuantos golpes me pueden llegar a dar para que sean lo suficientemente proporcionales a la hora de justificar mi legítima defensa y que el juez no me meta en la cárcel con otros tipos como los que me están apaleando en este momento? ¡ aaahhggg…!







Moraleja: Si el Estado, que tiene el monopolio del uso de la fuerza no garantiza tu seguridad, te la tendrás que proveer tú mismo. Evidentemente, la única desproporción es la que sufren los ciudadanos-victimas a los que nadie protege en los momentos más necesarios y vitales.

Debemos arremeter contra ese estúpido concepto de proporcionalidad que tanto babean los insensatos, sean éstos togados o no, y que sirve para proteger más al agresor que a la victima a la cual efectivamente se debería amparar.

El delincuente siempre apuesta sobre seguro. Si no es sorprendido, acabará su faena apropiándose de los bienes ajenos y, si es descubierto, puede desistir o amenazar al propietario de la casa para cumplir su objetivo. En este último caso no tiene nada que perder puesto que siempre ocultará su identidad. Además el criminal tiene la ventaja del elemento sorpresa y del terror que infunde, algo que no puede hacer la víctima. El malhechor nunca correrá el riesgo de recibir un balazo cuando la ciudadanía honesta está desarmada. La víctima sí. Delinquir es seguro.



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