Algunos liberticidas manifiestan que la propiedad privada fue un germen que infectó la humanidad. Pues bien, con el fin de que se ilustren un poquito les traigo a colación la historia de los peregrinos de Plymouth (Massachussets).
Aquellos peregrinos fueron unos de los primeros colonos europeos que decidieron echar raíces en Estados Unidos y que, en un principio, organizaron comunalmente su economía de carácter agrícola. Es decir, aplicando el marxismo puro y duro.
De una forma un poco dramática aquella gente aprendió la lección que lo fundamental para conseguir prosperidad no es la colectivización y la distribución forzosa de la riqueza, sino la Libertad y la propiedad privada.
La organización colectiva que los colonos llevaron a la práctica durante los primeros años consistía en que todo se repartiera igualitariamente, tanto el trabajo como la cosecha que se obtuviera. La consecuencia de tal modelo de organización marxista fue que casi todos murieron de hambre.
¿Cómo pudo ser esto? Es muy sencillo de explicar porque cuando se consigue igual beneficio, ya se trabaje mucho o poco, la mayoría de la gente tiende a trabajar más bien poco. Es algo que forma parte de la idiosincrasia del ser humano. Está en sus genes y ningún ingeniero social, alienado por un pseudobuenismo utópicamente marxista, puede modificar.
En la comuna de Plymouth mucha gente fingía estar enferma o escaquearse, a dejarse la piel trabajando en los campos comunales. Esta conducta provocó que no se alcanzara la producción necesaria de alimentos para satisfacer a toda la comuna, apareciendo la escasez y el hambre al poco tiempo de iniciarse la aventura socialista.
Había gente que llegó a corromperse o incluso a robar para conseguir comida, a pesar de su condición de puritanos. La hambruna fue tan extrema que llegaron a comerse a sus propios perros, caballos, gatos y hasta las ratas que pululaban por allí.
Llegados a la desesperación, los colonos se reunieron para debatir otra forma de organización. Reconocieron el fracaso de su experimento comunal (hoy denominado socialismo) y tomaron la decisión de designar una parcela de terreno a cada familia; entregándole parte del maíz y otras semillas que les quedaban para que cultivaran sus tierras como mejor estimasen cada una y bajo su responsabilidad.
Fue entonces cuando los ciudadanos de Plymouth explotando privadamente los recursos pasaron, sin saberlo, del socialismo a la economía de mercado. Los resultados fueron formidables. Todas las manos se volvieron sorprendentemente laboriosas y la gente ya no enfermaba tanto.
Las cosechas fueron magníficas desapareciendo la hambruna y la miseria. Las familias adquirían nuevas cabezas de ganado que llenaban los establos, que habían estado vacíos durante los tiempos comunales. Ganado que cada propietario cebaba con parte del maíz recolectado, engordándolo y vendiéndolo a buen precio; lo que originaba unos ingresos extras para adquirir mejores herramientas, más ganado y más semillas con las que se cultivaban nuevas tierras; por lo que se precisaba la ayuda de nuevos colonos que procedían de la vieja Europa en busca de una vida mejor. La calidad de vida de la gente mejoró, empezando a crearse nuevos empleos y oportunidades de negocio para todos los que quisieran progresar. El sueño americano ya era una realidad gracias a la Libertad y el respeto a la propiedad privada.
Los colonos puritanos afirmaban que, gracias a Dios, la saciedad reemplazó al hambre. Así empezó a celebrarse el día de Acción de Gracias en los Estados Unidos de América.
Los no creyentes siempre han denominado a dicha experiencia “la tragedia de los comunes”. Algo conocido desde los tiempos de Aristóteles. Este filósofo griego manifestaba que siempre, por pura lógica, se cuida menos lo que es común que lo privado. El fracaso que supuso la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en el pasado siglo es sólo la prueba más fehaciente de la inviable, ineficaz y estúpida organización socialista.
Si una persona coge de una canasta colmada de naranjas todas las que quiera sin tener en cuenta de qué forma ha contribuido en llenarla, la propensión para no trabajar recolectando más naranjas y consumir todas las que se puedan es muy alta. Está claro que con el tiempo la canasta se quedará vacía y nadie se preocupará de llenarla. Ni siquiera esos que más naranjas gustan consumir.
Los peregrinos de Plymouth aprendieron la lección de que la propiedad privada conlleva que todo esfuerzo tenga su recompensa, creando el incentivo necesario para que dicha propiedad se convierta en productiva.
La economía de mercado, tan odiada por los sectarios liberticidas, facilita que la gente venda libremente lo que le sobra, ya sean bienes o su fuerza de trabajo; comprando lo que le falta para satisfacer sus necesidades.
Las partes que intervienen voluntariamente en toda transacción se benefician mutuamente e, indirectamente, benefician a toda la comunidad haciéndola más rica con mayor número y diversidad de productos o servicios que satisfacen nuevas necesidades. Productos o servicios que compiten entre sí, lo que deriva en mejor calidad, precios más bajos y mayor poder adquisitivo para toda la sociedad.
Si garantizamos los derechos de propiedad, los productores saben que el fruto de su esfuerzo, dedicación y trabajo están a salvo de expropiaciones arbitrarias; lo que empuja a que se realicen nuevas inversiones que generan más empleos y mejor retribuidos, al ser la oferta de trabajo mayor que la demanda. Esto facilita que todo trabajador pueda elegir donde le conviene trabajar en función de sus expectativas económicas y profesionales, sin tener que aguantar a un empresario toda la vida como ocurre cuando no hay oportunidades de cambiar de empleo; algo frecuente en el momento en el que una sociedad se sociabiliza pasando a ser la demanda de trabajo mayor que la oferta.
Si el Estado monopoliza todos los sectores económicos o si decide expropiar a todos los emprendedores su producción y medios de producción, es obvio que éstos ya no volverán a invertir ni a esforzarse más; lo que generará carestía y miseria. Este es el resultado que se repite a lo largo de la historia cuando se implanta un sistema de planificación socialista.
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