
Existe algo que suelo denominar la desvergüenza intelectual de los energúmenos cautivos por las mediocres consignas socialistas. Liberticidas que anidan, en diferente grado, en todos los partidos políticos y que suelen convencer a la gente manipulable de lo que se debe hacer y como hacerlo.
Cargados de un imperativo pseudomoral para esconder la realidad, vociferan de forma impersonal que unos cuantos tienen que mandar (¡casualmente son ellos!) y muchos deben obedecer. Lo peor es que tienen éxito entre las masas pastueñas poco reflexivas que se tragan sin digerir intelectualmente el discurso populista aunque, a la vez, les estén robando la cartera. Esa plebe, víctima y culpable de su futuro penoso, es incapaz de percibir que las políticas de esos malnacidos les van a condenar a ser esclavos de la miseria durante décadas.
En cambio, los que amamos la Libertad no aspiramos a dirigir las vidas ajenas. Sólo anhelamos convivir en armonía con el prójimo respetando su autonomía, su integridad física y su propiedad privada.
La sensatez no existe en las cabezas de los liberticidas, incluso, tienen la enorme desvergüenza de culpar, como viene siendo habitual y tirando de consigna, al mercado libre, o sea a la Libertad, de todas las penurias del ser humano. Una acusación tan grave y tan falsa sólo puede proceder de un necio o de una mente malvada. No poseen ningún argumento que razone su acusación; que justifique cómo la Libertad y el respeto al disidente pueden ser tan nocivos para la convivencia y la cohesión social. Sólo se obcecan en la estulticia, algo que acompaña siempre a los fanáticos de las aberrantes ideologías casposas y sanguinarias.
